• La vida nos lleva muy rápido. Las ventas también.

    Para mí, las ventas se parecen muchísimo a la vida.

    Requieren valentía y, la mayor parte del tiempo, rapidez. También requieren tener varios planes: un plan A, un plan B y hasta un plan C, por si alguno no funciona.

    Sin embargo, los errores del oficio y la vida misma me han confirmado algo: llevar el cuerpo y la mente constantemente al límite termina pasándonos factura.

    Cuando vivimos en un estado de agotamiento, presión y prisa, suceden al menos dos cosas: cometemos errores con mayor facilidad y perdemos esa sensación de paz, seguridad y bienestar que deberíamos transmitir cuando visitamos a un cliente.

    Porque pensemos por un momento:

    ¿Quién quiere negociar con alguien que refleja cansancio, desesperación o desconfianza?

    Probablemente nadie.

    Cuidarnos también es aprender a vendernos

    He entendido que cuidarnos es, de alguna manera, aprender a vendernos.

    Porque antes de comprar el producto que llevas en tus manos, el cliente también te está comprando a ti: tu credibilidad, tu seguridad, tu energía y la confianza que eres capaz de transmitir.

    Lo que reflejas y lo que proyectas puede ayudar a abrir un poco más esa puerta.

    Y no se trata solamente de vestirte de manera adecuada. Se trata de llegar a un lugar y que tu presencia comunique que estás bien, que sabes lo que haces y, sobre todo, que puedes aportar algo positivo.

    Que tu presencia ilumine la sala.

    Para mí, hay algo aún más profundo.

    Creo que eres el instrumento que Dios puso en el camino de ese cliente o de esa empresa para impactarlos con el mejor de los productos y, sobre todo, con un servicio memorable que pueda hacer más fácil su día a día.

    Por eso, si queremos dar lo mejor de nosotros profesionalmente, también tenemos que cuidar a la persona que hace posible todo lo demás: nosotros mismos.

    ¿Qué hago yo para intentarlo?

    No tengo una fórmula perfecta. Sigo aprendiendo, equivocándome y ajustando cosas.

    Pero hay algunas prácticas que me ayudan.

    Hago ejercicio que disfruto. Y si un día no tengo ganas de entrenar, simplemente camino al aire libre.

    Como para alimentarme y también para disfrutar, no por gula.

    Tengo un diario de agradecimiento a Dios, en el que intento escribir casi todos los días.

    También reflexiono sobre mi semana de trabajo: qué hice bien, qué pude haber hecho mejor y qué necesito cambiar.

    Y planifico la siguiente semana para anticiparme, organizarme y tratar de evitar errores que muchas veces aparecen simplemente porque estamos corriendo demasiado.

    Son pequeñas cosas, pero juntas me ayudan a recuperar el balance.

    Y creo que pueden funcionar, de distintas maneras, para cualquier persona que quiera ser buena en lo que hace sin olvidarse de vivir.

    Porque el éxito profesional pierde parte de su sentido cuando para conseguirlo tenemos que sacrificar constantemente nuestro bienestar.

    Las ventas necesitan estrategia, disciplina, rapidez y resultados. Pero también necesitan personas emocional, física y espiritualmente preparadas para servir a otras personas.

    Al final, tú eres parte de lo que vendes.

    Tu energía habla.

    Tu presencia habla.

    Tu manera de tratar a los demás habla.

    Y muchas veces, antes de que el cliente diga sí a tu producto, ya comenzó a decidir si quiere decirte sí a ti.

    Así que te dejo una pregunta:

    ¿Ya tienes una rutina de bienestar que te permita proyectar que, además de vender un buen producto, tú también puedes ser parte de la solución que tus clientes necesitan?

  • Sencillamente, lo hice

    Sencillamente, lo hice

    Lo hice con miedo.

    Pero también con esas ganas que aparecen cuando sabes que hay algo que llevas tiempo queriendo hacer y finalmente decides dejar de pensarlo para comenzar a hacerlo.

    Porque el miedo no siempre viene a detenerte. A veces viene a retarte.

    Sentir miedo no te hace menos capaz. No te hace débil. No significa que no estés preparado.

    Significa que eres humano.

    Cuando estás frente a algo desconocido, incluso cuando eso que tienes delante te emociona, sentir miedo es completamente normal.

    Lo que no debería ser normal es permitir que el miedo decida por ti.

    Porque el verdadero problema no es sentir miedo. El problema es quedarte paralizado dentro de él y no actuar.

    Y esto lo he aprendido también en las ventas.

    Cuando trabajas en ventas, el miedo aparece muchas veces: miedo al rechazo, a equivocarte, a no cerrar una negociación, a llamar a alguien que no conoces o a entrar en una conversación sin saber cuál será el resultado.

    Entonces, ¿qué hacemos con ese miedo?

    Nos preparamos.

    La preparación te da seguridad. Y la seguridad te permite actuar.

    Es parecido a cuando quieres causar una buena impresión en una persona que te interesa. Cuidas los detalles porque sabes que cada uno comunica algo sobre ti.

    Tu presencia debe ser impecable. Habla de ti.

    Tu olor debe ser agradable. Habla de ti.

    Tu forma de expresarte debe ser correcta. Habla de tu nivel de profesionalismo.

    Pero hay algo todavía más importante:

    Debes conocer lo que vendes y, sobre todo, saber qué problema solucionas.

    Debes estudiar a tu cliente.

    Y cuando digo estudiar, para mí no se trata solamente de conocer su empresa o su puesto. Se trata de conocer su historia, sus valores, sus necesidades, sus desafíos y hasta dónde quiere llegar.

    Hoy tenemos un aliado enorme para hacerlo: Mr. Google.

    Tenemos acceso a una cantidad impresionante de información. Solo tenemos que aprender a buscar, observar y conectar los puntos.

    Pero investigar no es suficiente.

    También tienes que interesarte genuinamente por la persona que está detrás del contacto.

    Escucharla.

    Entenderla.

    Hacer preguntas.

    Y, sobre todo, procurar que cada conversación tenga valor.

    Porque vender no debería sentirse como intentar convencer a alguien.

    Vender debería ser encontrar una solución para alguien que realmente la necesita.

    Y quizás por eso hoy decidí dar este paso.

    Con miedo, sí.

    Pero también con la convicción de que si espero a sentirme completamente seguro para actuar, probablemente nunca lo haga.

    Así que…

    Sencillamente, lo hice.

    Y ahora quiero compartir más.

    Quiero hablar de lo que he aprendido durante mi trayectoria en las ventas.

    De lo que me funciona.

    De lo que no me funciona.

    De los errores.

    De los aciertos.

    De los momentos incómodos.

    De los rechazos.

    Y de esas pequeñas victorias que muchas veces nadie ve, pero que terminan construyendo grandes resultados.

    ¿Te gustaría que te comparta más sobre mi experiencia en ventas?

    ¿Cómo lo veo yo?

    ¿Qué me ha funcionado?

    ¿Y qué definitivamente no me ha funcionado?

    Te leo.

  • Aprender a escuchar es vender

    Reconozco que, para ser vendedora, aún me falta aprender a escuchar más.

    Las personas nos dicen exactamente qué quieren, pero también nos lo demuestran con sus acciones. Aprender a ver y notar esto también es escuchar, para comprender qué postura tomar o qué estrategia seguir para lograr el objetivo que queremos.

    A veces, tu objetivo sencillamente no es esa persona, no es ese cliente, no es ese lugar.

    No hay estrategias buenas o malas. Existe cada cosa para cada quien, en su justo valor.

    Pero ¿qué nos lleva al éxito en cualquiera de los casos?

    Reconocer nuestro valor, tener claros nuestros no negociables y saber qué queremos para nuestra vida en todos los aspectos.

    Por eso existen los sentidos. El sentido de ver y el de oír son claves para dar con el punto correcto.

    Ya el hablar y el callar son maestrías de alto nivel. Pero dominar las dos primeras, definitivamente, nos va a ahorrar tiempo y energía.

    Esto aplica en todos nuestros roles y en todas las áreas de nuestra vida.

    Reflexiona conmigo:

    ¿Qué tanto estamos escuchando a los demas?

    ¿Cómo puedo mejorar mi capacidad de escucha?

    Te escucho y te leo más abajo.